Hay un cuadro que representa a la perfección el llamado triunfo de occidente sobre otras culturas. Se trata de La Batalla de las Piramides (21 de julio de 179
de Antoine Gros (1771-1835), Musée National du Château. Versalles. En él, podemos ver un Napoleón triunfante, imperial -lo cual es casi un sinónimo de él mismo-, sometiendo a los mamelucos, que se arrodillan delante suyo suplicando clemencia.
La Batalla de las Piramides (Antoine Gros)
Antes de comenzar la batalla, Napoleón pronuncia su famosa arenga: Soldados, exclamó Bonaparte, ustedes van a combatir hoy a los dominantes de Egipto: piensen que desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos nos contemplan.
El jefe de los mamelucos, Mourad-Bey, huye de la batalla cuando ve la situación perdida, tres mil hombres de su ejército dejan su vida en el campo de batalla, en contraste las pérdidas francesas se elevan, como mucho, a cuarenta muertos y ciento veinte heridos.
Sin querer entrar en el análisis detallado de este magnífico cuadro -sirva ésto de homenaje particular al malogrado Antoine, que terminó suicidándose arrojándose al Sena debido al fracaso de público y crítica en sus últimas obras-, lo que más me llama la atención en el mismo son dos aspectos:
En primer lugar, el choque que aquí se manifiesta es el choque de dos mundos. El fondo de las pirámides como testimonio mudo no puede ser más emblemático en este sentido. El mundo moderno y el mundo antiguo se enfrentan casi que formalmente, pues Napoléon se sabía de antemano ganador. En este sentido, hay una insistencia del autor en mostrar la aplastante victoria de Napoleón, representando a los vencidos totalmente rodeados y en número insignificante.
En segundo lugar, la súplica de los vencidos por su vida resulta, en un segundo análisis al recorrer las diversas posiciones de los mismos, en algo más sutil que va desde la muerte física del soldado abatido, hasta la “muerte en vida” de quien se mantiene en pie, desarmado, intentando mantener su honor.
La mirada perdida de esta figura que queda en pie, protegiendo una mujer y un joven desnudo -el futuro- dice todo. Aquel hombre siente que el suelo se abre bajo sus pies. Más que a la muerte teme el perderse a si mismo, el perderse lo que es, el “extraviarse”, que es una muerte en vida.
La escena en su conjunto no es sólo el retrato triunfante de una acción bélica, es un drama humano en toda su extensión. El drama en que los leones guardianes de viejos valores, valores éstos difíciles de conciliar con el progreso de la ciencia, incan la rodilla desesperados delante de los leones de los nuevos valores ilustrados, esto es, de la ciencia, de la política, del derecho. Cienci Caes.
Tan sólo es el comienzo, un preludio de lo que estará por venir. Casi un siglo después África entera y gran parte de Asia, serán dominadas por las potencias occidentales y transformadas en colonias. Habrá quien tome buena nota de los nuevos tiempos. No muchas decadas después, Japón iniciará su particular revolución Meijí (1868).
Japón entendió que su defensa más importante devía partir de una transformación o adaptación de sus valores tradicionales para poder competir en la nueva arena de los estados modernos. Estudió las costumbres y la cultura occidental -sobre todo la inglesa - y comprendió rapidamente el poder que suponian la ciencia y la técnica, expresados en una tecnología superior -sobre todo militar-. Hubo un esfuerzo genuino por integrar los nuevos valores occidentales a su cultura milenaria, una cultura que valoriza al extremo el detalle y la obsesión por la perfección, cualidades ambas de extrema utilidad en los processos tecnológicos. El resultado, el sintoismo, supuso posicionarse poco tiempo después como una potencia a la altura de las occidentales.
El shintoismo -culto al emperador- permitió la unificación del japón y su transformación en una potencia militar. Por otro lado, trajo también su propia destrucción al confiar en exceso en sus posibilidades de expansión e intentar medirse con los Estados Unidos. No obstante, muchos de los valores instaurados durante la época del imperio siguieron siendo válidos en la reconstrucción de la posguerra, lo que unido al sentido de unidad de los Japoneses como pueblo, permitió el resurgimiento del Japón como potencia económica.
Sería interesante analizar donde estuvo -y todavía está- el auténtico déficit japonés en aquella confrontación. Pero lo que más me interesa con este ejemplo es mostrar la importancia de la renovación de los valores en una sociedad. Toda la historia humana puede verse desde la óptica de una constante lucha entre diferentes valores. Tanto en el auge como en la caida del Japón imperial, los valores adoptados tuvieron un papel fundamental.
¿Quién establece los valores? Cabe a los “leones” el papel relevante de establecer los vectores de valores en las diferentes sociedades, un concepto que propongo para definir el “sentido de dirección histórica” originado por los valores. Estos vectores constituyen la vanguardia de los valores de una cultura.
Puede parecer algo pedante utilizar el término vector en este contexto, sin embargo este concepto resulta bastante apropiado para representar de una forma bien gráfica el aspecto de “resultante” de la suma de esfuerzos humanos que visan una determinada dirección histórica en una sociedad, la cual determina la evolución cultural de la misma.
Estableciendo un símil sería una especie de brújula histórica, que estableciendo los principios norteadores de la misma, ayuda a la sociedad a establecer una dirección de acción. El concepto también presenta otra ventaja importante que es el de mostrar su caracter dinámico y no estático.
Occidente, estructuró estos vectores alrededor de la política, lo que caracteriza la modernidad. No obstante, el concepto de politica nos lleva actualmente casi que a una asociación inmediata con el concepto falsamente bi-polar de izquierda-derecha -ya tratado por mí en otras ocasiones-, que en el fondo es una estructura monopolar con sub-estructuras que presentan diversas gradaciones del mismo tema.
El concepto de vector de valores, me parece más adecuado para ver que principios nortean una determinada opción politíca y, portanto, para observar desde una plataforma privilegiada las contradicciones en que incurren en sus acciones. También resulta más simple de entender para los ciudadanos, que pueden pasar a establecer una crítica mejor de la constitución resultante como principal elemento del contrato social.
El vector de valores es, pues, un excelente mecanismo para la emancipación de las “ovejas”. Pero no adelantemos acontecimientos, puesto que esta “emancipación” deve correr junto con la de los “leones” en una serie de acciones paralelas.
Los conceptos de izquierda y derecha son actualmente un cajón de sastre en que cabe todo, por tanto, que no quiere decir nada. Una farsa política. En contraposición, el vector de valores marca una dirección inequívoca de acción contra la cual el gobernante será medido y cuestionado. En la democracia, una referencia ética que enfrentará los partidos políticos consigo mismo haciéndolos ver todas las ratas de cloaca dialécticas que habitan sus referentes ideológicos.
Miguel Cabezas

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